Una vez finalizados los exámenes volvemos a ser libres. Libres de malgastar las pocas horas que nos quedan hasta la siguiente clase en lo que se nos ocurra. Y es que finalizar el periodo de exámenes de Febrero es más un punto y seguido que un punto y aparte tras el cual coger un respiro. Acabas las clases apenas un par de días antes de empezar con el periodo de masacre de neuronas, y empiezas de nuevo cuando aún estás tratando de digerir la última paja mental del profesor de turno.
Pero eso no es todo (ojalá todo fuese tan sencillo). Una vez has pasado por esos muros que son los exámenes, uno detrás de otro, comienza la espera, la eterna espera de las notas. Salvo contadas excepciones (para contarlas sólo necesito una mano, y aún me sobrarían 4 dedos), pueden pasar semanas o incluso meses hasta que uno sabe si debe volver a saltar el muro o si ya ha conseguido pasar por el aro de la asignatura en cuestión.
¿Por qué a los profesores universitarios les cuesta tanto corregir un examen? ¿Acaso se piensan que la gente irá más por clase o por la Universidad si mantienen la incógnita? ¿O es que encuentran alguna especie de placer sádico en vernos sufrir durante la espera? Los estudiantes tenemos una gran tendencia en dejarlo todo para el último día, para la última hora, para el último minuto… pero es que el ejemplo que se supone hemos de seguir es realmente lamentable.
Se supone que hay algún tipo de norma o ley que les obliga a corregir los exámenes y publicar las notas pertinentes en un plazo máximo de 15 días, pero ni por esas. Total, nadie se ha quejado nunca por ello, el miedo a las represalias es más poderoso.
A pesar de todo esto, soy optimista. Los duros días pasados tendrán su recompensa, tarde o temprano, y la eterna espera algún día dejará de ser eterna. O almenos eso espero…
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