Con este post doy por inaugurada la serie de crónicas de ese sueño de 3 semanas que ha sido mi viaje a New York. El camino seguido hasta conseguir llegar allí ya lo conocéis por posts anteriores (este y este, por ejemplo): una odisea para conseguir una beca que parecía que iba a ser denegada, una odisea para sacar un billete de avión a precio asequible (al final hubo que tirar de los ahorros, pero valió la pena) y, por fin, el 20 de Septiembre de 2009 fue EL DÍA D.
Dado que no pude encontrar un vuelo directo desde Valencia para ese día y no me apetecía hacer un viaje tan largo con escalas, pensé “de perdidos al río”, y saqué billete para viajar desde Málaga, con mi hermana y el resto del grupo: Soto (mi compañero de habitación), Nuria y Marina. El vuelo fue largo y cansino, es agotador estar 8 horas seguidas en un espacio tan reducido en el que no te puedes casi ni mover. Por suerte, los asientos tenían pantalla táctil integrada y ofrecían música, juegos y películas a la carta (en perfecto inlgés, claro está). Además, ir con gente conocida ayuda a hacer más ameno el viaje, y era curioso ver como medio avión (que tenían escrito en la cara que iban con la misma beca) lo pasaba igual que nosotros.
Y, por fin, llegamos a New York. ¿Y qué es lo primero que vimos? Un aeropuerto enorme, el JFK, en el que las compañías aéreas más importantes tienen su propia terminal, y para desplazarse entre ellas hay que coger un tren. Las vistas desde allí ya nos hacían presagiar la espectacularidad de lo que íbamos a ver:

Efectivamente, ese edificio que se ve en el horizonte es el Empire State
Pero esto fue después de pasar por la aduana, que no es un trámite tan malo como lo pintan: te hacen un par de preguntas que se pueden entender fácilmente (con suerte te tocará un agente hispano y podréis hablar en español), te toman huellas y una foto, y a recoger las maletas (si tienes muy mala suerte, porque no es algo común, te harán abrirla). Desde allí teníamos varias opciones para llegar a la residencia: en bus, taxi o metro. Optamos por la opción más barata y directa, y por 7,50$ nos plantamos en apenas 45 minutos a pocas manzanas de la residencia, teniendo que hacer un único transbordo. La verdad es que podíamos haber quedado más cerca, pero aún no conocíamos el sistema de metro de la ciudad ni calculábamos bien las distancias (que en plano parecen más cortas de lo que son en realidad xD), así que tuvimos que andar un poco a través de Central Park para llegar a la Calle 63 Oeste, donde teníamos la residencia.


La residencia, como podéis ver por las fotos, estaba muy bien por fuera. Tenía un aire a edificio clásico entre rascacielos, y estaba excelentemente situado (junto a Central Park, y a pocos metros de Columbus Circle, una de las paradas del metro más céntricas de Manhattan). Pero por dentro, la West Side YMCA era una caja de sorpresas. Exacto, era un edificio clásico, tan clásico que se notaba en pasillos, baños y habitaciones que tenía un capazo de años en cada metro cuadrado. Además, estaba estructurada de una forma bastante curiosa: las 3 primeras plantas tenían oficinas administrativas, y en la cuarta había gimnasio, e incluso piscina. A partir de ahí, habitaciones, y cuanto más pisos se subían, más prestaciones tenían. Por ejemplo, en la 9ª planta, que era donde teníamos la habitación los 5 que íbamos juntos desde Málaga, había un baño para hombres y otro para mujeres, con 3 duchas cada uno, para toda la planta (baños viejos, sucios y que apestaban la mayor parte del tiempo); las habitaciones eran pequeños y tenían la tele puesta de tal forma que era tremendamente fácil darte un cabezazo contra ellas. En plantas superiores los baños eran casi individuales, las habitaciones eran más grandes y las teles eran de plasma. Esto era la habitación que compartía con mi compañero Soto:

Al final te acostumbrabas a la habitación y a los defectos de la residencia, y hay que reconocer que para el precio que habíamos pagado y lo bien situada que estaba la residencia (en el corazón de Manhattan), era un verdadero chollo. Como solíamos decir entre nosotros, la residencia era una mierda pero era nuestra mierda, y así la queríamos, como si fuese nuestra propia casa. Además, la gente que fuimos conociendo allí (el 70% ó 80% eran españoles con beca del MEC) ayudaba muchísimo a olvidarse de los defectos. El ambiente era excepcional, con el paso de los días casi todos nos conocíamos entre nosotros, y muchas de esas personas han acabado convirtiéndose en grandes amigos.
Pero, continuemos el relato con alguna imagen de Columbus Circle, alias “Nuestro barrio” xD:



Una vez asentados, para aprovechar la tarde (gracias al cambio horario se ganan varias horas al reloj) decidimos ir a buscar la academia donde tendríamos que ir cada mañana, dado que al día siguiente teníamos que estar temprano allí para la entrevista en la que nos asignarían el nivel en función de nuestros conocimientos de inglés. ¿Cómo vamos hasta allí? Pues andando, como no, porque en el plano parece que está a unos 20 minutos, muy cerca… ¡los cojones cerca! xD Haced un cálculo: entre la Calle 63 y la Calle 36 había 27 manzanas de edificios. No parece mucho, pero si tienes en cuenta el cansancio acumulado del avión, que íbamos mirando hacia arriba del asombro de andar entre rascacielos, y que no teníamos muy claro a qué altura de la Calle 36 estaba la academia, pasa lo que pasa. Nos desviamos 2 avenidas (que, en Nueva York, no es poco) y, como íbamos parándonos en cada escaparate que veíamos, acabamos llegando al lugar a la hora de la cena.
¿Moraleja? A la academia todos los días en metro (que gracias a la existencia de la MetroCard era bastante barato). A la semana de estar allí acabaríamos acostumbrándonos a las grandes distancias y a estar andando constantemente, pero como siempre nos levantábamos con el tiempo justo, no surgió el tema de cambiar de modo de ir hasta allí de otra forma que no fuese con el subway. Además, gracias a la experiencia de esa tarde pudimos comenzar a conocer los comercios de la zona, y vimos de cerca por primera vez el Empire State, aunque las vistas desde esa perspectiva son más espectaculares por el día:

A la vuelta nos desviamos un poco de la ruta y, buscando una parada de metro en la calle 42, acabamos paseando por un Broadway ultrailuminado que parecía una discoteca al aire libre, y nos plantamos en Times Square, el lugar más alucinante (literalmente xD) del planeta:

Finalmente, regresamos a la residencia a descansar de un día agotador, que acabó con nuestros pies más pronto de lo que nos esperábamos. Por desgracia, aún nos quedaba sufrir el jet-lag, gracias al cual tardé una eternidad en dormirme, y me desperté demasiado temprano. Pero la emoción de estar allí y la sobrecarga de sensaciones que llevábamos encima nos permitió aguantar mejor el cansancio, con lo que al día siguiente, tras una manzana y un café (que acabó convirtiéndose en una costumbre para Nuria y para mi), estábamos listos y preparados para lo que nos echaran.
CONTINUARÁ… algún día xD